
Arbeit macht frei, esa es la frase que nos encontramos al llegar a la puerta principal del campo de concentración de Auschwitz, al norte de Polonia, muy cerca de Cracovia. Su traducción al español viene a ser algo así como El trabajo hace libre.
Este y otros muchos trucos propagandísticos fueron utilizados para evitar el pánico entre la población y hacer parecer que los campos de trabajo no tenían unas condiciones tan precarias e infrahumanas como aparentaban.
En mi visita al campo de exterminio de Birkenau la guía nos contaba que entre 1,5 millones y 2,5 millones de personas perdieron la vida allí fruto de La Segunda Guerra Mundial promovida por El Tercer Reich.
Birkenau no era él único emplazamiento destinado a tales fines en la zona, en total eran tres, aunque los mayores exterminios se ejecutaron en éste puesto que era el que disponía de cuatro cámaras de gas.
Si alguna vez te has preguntado el porqué de que usasen este método, la guía nos explicaba que lo implantaron debido a que podían asesinar a una gran cantidad de personas en poco tiempo. Una salvajada propia de mentes enfermizas.
En mi visita tuve la oportunidad de entrar a una de las cámaras que se encontraba abierta al público, un lugar aterrador y que solamente con ver sus paredes podías imaginar el holocausto que allí se produjo. Dichas salas se situaban por debajo del nivel de la tierra y tenían unas aberturas en su techo por donde los nazis introducían el veneno Cyclon B.

Otra de las zonas donde también se cometían gran cantidad de atrocidades era el paredón de fusilamiento (imagen superior), al que pudimos acceder durante la visita. Este sistema era el más empleado en los inicios del campo, pero como ya comenté anteriormente se decidió que no era muy "productivo" y buscaron el método alternativo de las cámaras.
Dentro de este museo del miedo que recoge una oscura parte de la historia de la humanidad pudimos ver gran cantidad de objetos que pertenecieron a las víctimas... gafas, tazas, cuencos, zapatos, prótesis, maletas que todavía conservaban el nombre de sus dueños... restos de una barbarie sin igual.
Pero sin duda lo que más me impresionó de toda la visita fue la vitrina donde se almacenaba una cuantía desproporcionada de cabello, sí cabello, como lo oyes. Los nazis rapaban a todos los prisioneros guardando sus pelos para posteriormente tratarlos químicamente y utilizarlos en la elaboración de textiles. Ver tal cantidad de vello y saber que perteneció a toda esa gente era aterrador.
Pero la pregunta que todos nos hacemos es... ¿en qué estaban pensando estas personas (si es que se les puede llamar así) para cometer estos actos? ¿en qué pensaba el pueblo que los seguía en sus ideales? ¿podría repetirse algo igual?
Para que reflexionéis sobre ello voy a tomarme la libertad de recomendaros una película que he visto recientemente, "La Ola". Un drama alemán en el cual un profesor realiza un experimento con su clase acerca de la manipulación de masas y de cómo se podría establecer una autocracia en nuestra sociedad, nada más allá de la realidad.
Todos nacemos locos pero
algunos continúan así siempre.